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Mensaje  valejb el Lun Abr 12, 2010 11:08 pm

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valejb
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»Was in winter

Mensaje  valejb el Mar Abr 13, 2010 11:51 pm

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Was in winter

La noche caía pesada, llena de sorpresas y cosas ocultas. Y la nieve llenaba las calles con su blancura total. Las ventanas empañadas, y el aire azotándolas. Fuera debería hacer un frió nórdico, era cuestión de lógica suponer aquello. Pero en mi habitación, había un ambiente cálido. Los brazos de mi amado esposo rodeaban mi cintura. Nuestras pieles desnudas estaban en completo contacto; dándonos así, una completa conexión íntima.
No hacía más de treinta minutos que habíamos unido nuestros cuerpos, en la forma más entera de dar amor. Todas las noches eran especiales, estando a su lado, con palabras tiernas y caricias sensuales. Y los días eran llenos de luz y risas, momentos tiernos. Si él no existiera en mi vida… todo sería monótono, y no tendría color.

Sentí su fuerte brazo apretarme más fuerte, y un hormigueo recorrió mi cuerpo. Giré la cabeza, que se encontraba hacia la ventana llena de escarcha, topándome con sus ojos; aquella hermosa mirada miel con venas verdosas. El lucero de mi vida. Su rostro mantenía una enorme sonrisa, mostrando su perfecta y blanca dentadura; y aquellos labios llenos, que era mi lugar favorito para desahogar todo el inmenso amor que siento por él.

- Estoy hambriento.- masculló con voz ronca.
- ¿Qué se te antoja?- pregunté, girándome para quedar frente a él. Y su mano se posó en la parte baja de mi espalda.
- Te diría que TU.- sonrió pícaramente.- pero tengo demasiada hambre.- reí quedamente.- así que… ¿por qué no me haces unos waffles con mermelada?
- Estas loco.- reí fuertemente.- Joe, es la una de la madrugada.
- Pero tengo hambre.- hizo un puchero.- además, es por tu culpa, malvada mujer.- besó mis labios.- Tienes que alimentarme bien, o en tu conciencia caerá mi muerte por fatiga e inanición.

Volteé los ojos, y me levanté. Envolví mi cuerpo en una larga bata blanca, salí de la habitación, no sin antes darme cuenta de la mirada posesiva de Joe que se posó de en mí desde que me levanté.

Varios minutos después regresé, con una bandeja plateada; sobre la que se encontraban los waffles de él, un vaso con leche, y jugo de naranja para mi. Me senté en mi lado de la cama y puse las cosas en el centro. La televisión estaba encendida pero no tenía volumen. Era un demente; comía cosas de desayuno en plena noche.

- Joe, ¿crees que en ésta ocasión se cumpla?- murmuré, pensativa, observando su rostro.
- Espero que sí, amor. Si no es así, seguiremos intentando.- sonrió mientras miraba fijamente mis ojos y llevó a su boca un trozo de comida.


Hacía tres años que nos habíamos casado; tomamos un año para viajar, conocer y vivir como una pareja, sin responsabilidades que no fueran el trabajo. Después de ese tiempo, decidimos que era hora de comenzar a intentar tener un bebé. No había algo que ilusionara más mi corazón, que tener un pequeño ser salido del amor entre nosotros dos. Pero… por alguna razón ha sido imposible. Dos años intentando quedar embarazada, y lo único que hemos obtenido son desilusiones. Hemos ido con distintos doctores, más todos dicen que ambos estamos perfectamente bien… entonces, lo único que nos queda por hacer, es dejarlo en manos de Dios.

- El lunes tengo cita con el doctor, nuevamente.- mascullé mientras me acomodaba entre las cobijas, y Joe me abrazaba.
- ¿Necesitas que te acompañe?- susurró a mi oído; y su cálido aliento erizó mi piel.
- No.- gemí.- Estarás trabajando.- sus labios succionaron mi lóbulo de la oreja.
- Quiero que me avises cualquier cosa, ¿sí?- asentí, pero mi atención estaba completamente en los movimientos de sus labios sobre mi piel.


El domingo comimos en casa de sus padres. El ver a mis cuñadas con sus hijos, me hacía sentir deprimida. ¿Algún día podríamos tener hijos?, ¿qué era lo que nos sucedía? Pronto nos fuimos, no me sentía muy bien.
En cuanto subimos al auto, me solté a llorar. Lo más probable era que yo fuera la del problema, porque toda la familia de él habían podido tener hijos. Tan sólo su hermana mayor tenía cuatro hijos, y la más chica iba en el segundo. Y Joe a sus 30 años estaba en su mejor etapa.
En cambio yo era hija única. Mi madre no había podido tener más hijos. Y mi abuela había perdido a dos antes de mi mamá; siendo ella también la única hija.

Joe me reconfortó, y me suplicó que no estuviera triste. Me prometió que buscaríamos la forma para tener un hijo propio, y si no era así, la adopción quedaba dentro de las opciones.

Lo que restó de la tarde me la pasé dormida. No tenía ánimos de hacer cualquier otra cosa. Últimamente los sentimientos eran más fuertes que nunca; como si todo me afectara demasiado. Mi conclusión era que comenzaba a deprimirme por el hecho de que no podía obtener lo que deseaba. Sí, tenía al hombre que más amo en el mundo; una buena posición económica y un trabajo excelente… pero, ¿de qué sirve tener todo aquello, si no tengo con quien compartirlo?

A la mañana siguiente, Joe me despertó. Él tenía que ir a trabajar; así que necesitaba desayunar. Le preparé un café cargado y huevos con tocino. Me senté a la mesa junto a él.

- ¿Ya te sientes mejor?- preguntó sorbiendo de la taza.
- Si. Perdón por mi actitud de anoche.- dije quedamente.
- No tienes anda que disculpar. Pero a ambos nos afecta ésta situación, Ania.- tomó mi mano por encima de la mesa.- ¡Y basta de culparte! Te conozco, sé que piensas que esto es tu culpa. No es así, mi vida. Si nos esta pasando esto, es porque Dios tiene otros planes para nosotros.- un nudo se produjo en mi garganta.- No quiero que sigas torturándote más, porque me haces sufrir a mi también, ¿entendido?
Asentí lentamente. Y las lágrimas brotaron por mis ojos. Quizá tenía razón, pero no podía dejar de sentirme de ese modo. Ese sentimiento de culpa era más fuerte que yo.


A las cuatro de la tarde ya me encontraba en la sala de espera. El doctor no tardaba en pedirme que pasara. Me entretuve viendo un programa de comedia que pasaban en ese momento en la televisión; apenas lograba escuchar lo que decían, ya que estaba a un volumen muy bajo.

- Señora Miller.- escuché a la secretaria llamarme. Me puse de pie y me acerqué a ella.- el doctor la espera.- sonrió y señaló la puerta.
- Gracias.

Entré al consultorio y el doctor Gutiérrez se encontraba tras su escritorio. Me pidió que me sentara cuando me vio.

- ¿Cómo ha estado?- preguntó mientras examinaba unos papeles que tenía en las manos.
- Bien. Gracias.
- Ok. Veamos.- siguió leyendo.- ¿Cómo va el intento de embarazo?- levantó la vista de las hojas aquellas.
- Aun nada, doctor. El intento se sigue haciendo. Pero no ha dado resultado.- confesé tristemente.
- La última revisión que tuvo fue hace un mes… ¿Cuándo fue la última vez que tuvieron relaciones?- cuestionó mientras se ponía de pie, y me pedía que lo acompañara.
- El día de ayer.- estaba tan acostumbrada a éstas preguntas, que la vergüenza ya no hacía acto de presencia.
- Entonces tenemos un tiempo de intermedio.- me recosté en la camilla.- levántese la blusa.

Colocó gel frío en mi estómago y con el Doppler comenzó a hacer la revisión. Me encontraba completamente calmada. Ya conocía la respuesta: “Hay que seguir intentando”. El venir era dinero perdido, si ya sabía lo que diría, ¿por qué me molestaba en venir? Era tonto. Joe volvería a sentirse mal. Hacía un mes, pude notar que las lagrimas se aglomeraron tras sus ojos, pero él siempre quiere ser el fuerte. Como yo no logro serlo, es él quien se aguanta la tristeza

- Ania…- escuché decir al doctor, y observé una gran sonrisa en sus labios. Me quedé sin aliento.- Tengo que felicitarte.
- ¿Qu… qué?- balbuceé, y mis ojos pestañeaban rápidamente. ¿Qué demonios decía?
- Lo han conseguido. Serán padres.
- Estas bromeando.- chillé. Y las lágrimas empaparon mi rostro.
- No. Mira esto.- señaló la pantalla. No podía ver nada… pero sí él lo decía.

¡Dios mío! Mi corazón estaba revolucionado, y no podía pensar con claridad, pero comprendía que había un bebé dentro de mi. No podía haber mejor noticia que esa. ¡Joe se podría tan contento!

- Dime que es verdad, Tom… júrame que no estas mintiendo.- le supliqué entre sollozos.
- Te lo juro, Ania. Felicidades.- dijo con una sonrisa.


Estacioné el auto frente a la casa, y entré casi corriendo a la casa. Necesitaba hablar con Joe para decirle que cenaríamos fuera. Quería festejar por ésta increíble sorpresa. Él aceptó, y no hizo ninguna pregunta, ya que era común que no cenáramos en casa. Como no podía salir para la hora de comer, era la única comida que podíamos tener juntos. Pero hoy no iríamos a cualquier restauran.
Me dejé caer en el sillón de la sala. Acaricié mi vientre suavemente. Dentro de mí estaba la prueba del amor que Joe y yo sentíamos. No podía sentirme más feliz…
nada podría arruinar la felicidad que tenía. Después de darme un baño, me puse un traje azul oscuro, mis tacos plateados y el juego de plata que Joe me había regalado en nuestro primer aniversario de bodas. Y un abrigo de pieles blanco, seguía nevando fuertemente.

Joseph pasó por mi a las ocho en punto. Aduló mi atuendo y condujo hasta el centro de la cuidad. Él ya comenzaba a notar mi ansiedad y felicidad. No podía aguantar más tiempo para decirle aquella maravillosa noticia. Seríamos una verdadera familia. Y yo sabía que Joe sería un buen padre; ahora si podría demostrarlo.

Aceptó mi elección de restauran, y bajamos del auto ya cuando lo hubo estacionado. Habíamos quedado un poco retirados, ya que no había lugar. Avanzamos por al oscura calle, que era una paralela a la del restauran, tomados de la mano, había montones blancos por todos lados, y el vaho salía de nuestras bocas y nariz.

Esa noche, se veía articularme atractivo. Como su una hermosa aurora cubriera su cuerpo, haciéndolo condenadamente seductor. Vestía un traje gris oscuro con delicadas líneas blancas tenue verticalmente. Bajo el saco llevaba una camisa negra, sin corbata, y con dos botones sin abrochar. Y el cabello peinado finamente hacía atrás. Sabía que nunca dejaría de fascinarme en la forma que lo hacía. Diariamente deseaba encontrarme en sus brazos, besándole los labios y estar siempre a su lado. Era la clase de hombre que toda mujer deseaba tener: caballeroso, trabajador, inteligente, hogareño, y extremadamente atractivo. Mi corazón se ensanchaba al darme cuenta que era solo mío, y de nadie más. Me había elegido a mi, de entre miles de mujeres. Yo era su media naranja, y sería la mujer que lo hiciera feliz. Que permitiría que él pasara por todas las facetas por las que un hombre desea pasar. Entramos al callejón que nos sacaría justo enfrente del local.

- Te noto pensativa.- dijo deteniéndose, y a consecuencia, paré mi andar. Girándome hacía él.- ¿Qué te dijo el doctor?- Era inteligente… a veces, ahora había arruinado la sorpresa. Tendría que decirle, porque tampoco quería preocuparlo.
- Joe…- comencé a hablar, cuando vi a dos tipos acercarse por detrás de Joe.

Por un momento creí que eran algunos amigos de él, pero cuando vi sus aspectos y la mirada penetrante y asesina que portaban, mi cuerpo se estremeció completamente. Los ojos de Joe se abrieron en totalidad, posados en mi, al sentir la proximidad de un regordete hombre.

- Danos todo el dinero, y no les haremos daño.- le dijo fuertemente.

Joe metió la mano a su bolsillo, y cuidadosamente sacó la billetera. El otro hombre se acercó hasta a mi, y no pude evitar sentir un terrible miedo. Sus heladas manos se posaron en mi cuello, me quitó los aretes, luego la pulsera y luego me arrancó fuertemente el collar. Aullé del dolor, era una fuerte cadena, y me había lastimado.
Sentí que me arrebataba el bolso… y reaccioné. Allí tenía las imágenes del bebé; no podía permitir que se la llevara. Quería que Joe viera a su hijo. Jalé fuertemente, quitándosela de las manos.

- ¡Dame el bolso!- gritó el alto y flaco hombre, acercándose a mi.
- ¡No!- retrocedí un paso.
- ¡Dáselo, Ania!- oí a Joe gritar. Miré por encima del hombro del sujeto, y vi el rostro desencajado de Joe, que intentaba zafarse del agarre que le hacía el corpulento hombre.
- Joe… no puedo.- me abracé de la bolsa. Y avancé otro paso hacia atrás.
- ¡Te doy tres segundos para que me entregues ese bolso!- bufó el hombre.- Tres…- no podía dárselo, ¿qué no se conformaba con las joyas?- Dos…- Joe no podría ver la primera imagen de su bebé, era injusto.- Uno…- y sentí un fuerte jalón, que me llevó hacía el frente, y caí de rodillas. Pero no solté el bolso.
- ¡Déjala!- oí la fuerte voz de Joe, y luego un golpe azotó mi rostro. Me llevé ambas manos a la cara, dejando en el suelo la bolsa plateada.- Desgraciado.- ladró, y escuché una corta riña, algo cayó al suelo, se oyeron pasos rápidos y varios murmullos… luego vino el silencio.

El miedo se volvió terror. No me atrevía a mirar qué había pasado; mi estomago se revolvió. Y comencé a sollozar. Me obligué a mi misma a ver donde estaba Joe, lentamente me descubrí el rostro. Y enfoqué, entre la nieve de la acera un oscuro bulto. Me levanté a paso tambaleante, y con la mirada desesperada busqué que Joe apareciera. Pero no había nadie en la calle. Mi respiración se extinguió al escuchar un quejido, y volví a posar mi mirada en lo que se encontraba sobre la nieve.

- ¿Jo… Joe?- susurré, acercándome a la cosa negra.
- Ania.- murmuró, y corrí hasta él. ¡Dios mío! ¿Qué le habían hecho?
- ¡Joe!- me tumbé junto a él, y le tomé el rostro entre mis manos. Posé su cabeza en mis piernas.
- Ania.- dijo en voz baja, viendo mi rostro. Su tez era pálida, y la boca estaba desvanecida. ¿Qué tenía?
- Joe.- lloré.- mi amor, levántate.- le supliqué desesperada.- Tenemos que ir a cenar. Hay algo que tengo que decirte.- intenté levantarlo, pero él se quejó.
- ¡No!- chilló, y tomó fuertemente mi mano.- Espera.- sus ojos estaban cristalinos, y la pupila dilatada.
- ¿Qué tienes?- pregunté acariciándole el rostro. Mientras revisaba su cuerpo. ¡Santa madre! Dirigí mi mano hacia su estómago. Y sentí algo tibio que brotaba de él.- ¡Joe!- grité cuando vi el líquido rojo empapar mi mano.- Estarás bien, mi cielo. Estarás bien.- le prometí.
- Ania… ¿qué es lo que quieres decirme?- susurró, luego cerró los ojos.
- ¡Joe, Joe! No cierres los ojos, por favor. Mírame, y escucha lo que tengo que decirte.- levanté su cabeza, abrazándola en mi pecho.
- Dime.- observé sus ojos vidriosos abrirse.
- Vas a ser papá, Joe.- lloré besando su frente.- Estamos esperando un hijo, mi amor. Por favor, por favor, estarás bien.- acuñé su mejilla.
- Estoy tan feliz.- sonrió tenuemente. Y luego se quejó:- Duele.
- Espera, espera. Iré por ayuda.- intenté alejarme de él.
- ¡No, Ania! No te vayas.- suplicó abrazándose a mi cintura.
- ¡Joe, por favor, déjame traer a alguien que nos ayude!- le rogué.
- No, quédate conmigo.- volvió a empezar a cerrar los ojos.
- Esta bien, esta bien. Me quedo. Pero abre los ojos.- acaricié su rostro.
- Me pesan.- murmuró.
- Inténtalo, por favor.- desesperada miré por todos lados, pero no había nada ni nadie. El finalizar la calle pasaba gente, pero no lograban vernos donde nos encontrábamos.- ¡Ayuda, por favor!- intenté gritar, pero mi garganta estaba cerrada.- ¡Ayúdenme, ayuda!- sentía que mi corazón dejaba de latir.- Mi amor, por favor, déjame ir por ayuda… ¡Maldita sea, Joe, abre los ojos! Por favor.- chillé, y él intentó hacerlo.- Por tu bebé, por mi…- comenzó a temblar, poco a poco se convirtieron en convulsiones pausadas.- ¡Por favor, ayúdenme! Alguien, ¡Ayuda!- logré ver a una silueta que avanzaba por el apenas iluminado callejón.- Joe, alguien viene, háblame, mi cielo.- miré su rostro, sus ojos nuevamente cerrados… no se movía.- Joe… abre los ojos.- dije con la voz entrecortada.- ¡Joseph Miller, abre tus ojos!- lo sacudí.- ¡Joe, perdóname, por favor, perdóname. Fui una tonta, todo es mi culpa… perdóname!- chillé abrazándome a su cuerpo.
- Te amo, Ania. Estaré bien.- levanté la vista, y su voz era tenue y pausada. Parecía que no tenía fuerzas.- Me haz hecho el hombre más feliz del mundo…- pausó y, aun con los ojos cerrados, frunció el ceño.- nada es tu culpa, mi ángel.
- Yo también te amo… te recuperarás.- volví a mirar hacía el callejón. Parecía eterno que llegara aquella persona, pero cada vez estaba más cerca.- Ya casi llega, Joe.- solté aliviada, y volví a mirarlo.- ¿Joe?- miré su pecho… ya no tenía movimiento.- Joe…- susurré.- ¡Joe!- tomé su rostro entre mis manos.- Maldita sea, Joe. No me dejes, por favor. Joe… tu bebé y yo te necesitamos… ¡Joseph!

Pero ya no respondió. En ese momento se acercó el hombre, que estaba agitado por correr, y me hizo a un lado. Solo podía observar que movía los labios, intentando decirme algo, pero no podía escuchar nada. Miré el cuerpo de mi amado esposo, tendido sobre aquella fría nieve blanca. Abracé mi estómago, y me solté a llorar.

La vida era caprichosa, te da lo que más deseas, pero te cobra con impuestos. Y aquel día, un veinte de diciembre, por la tarde me dio la noticia más hermosa de toda mi existencia… pero por la noche, me arrebató lo que más quería en ese mundo.

La noche caía pesada, llena de sorpresas y cosas ocultas. Y la nieve llenaba las calles con su blancura total.


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