~ I saw rain falling down over us

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~ I saw rain falling down over us

Mensaje  valejb el Dom Nov 21, 2010 6:41 pm

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"El dolor, la amargura, las sombras el aliento en huida, la muerte luego la luz que de repente vino y tú fuiste marcando sus aristas celestes ante el asombro alegre de mis ojos."

María Elvira Lacaci


Respiró profundamente mientras pedía a Dios, en sus pensamientos, que le diera fuerza y la facilidad de palabra para lidiar el duelo que se aproximaba.

Abrió sigilosamente la puerta de la habitación donde descansaba Elizabeth, su esposa. Las cortinas estaban cerradas y la oscuridad de la noche enfriaba el ambiente, dándole al cuarto un aspecto fúnebre y melancólico. Su estado anímico empeoró fatídicamente.

Caminó hasta su mujer, despacio queriendo no despertarla. Su hermoso rostro se hallaba pálido y sin expresión; el cabello se esparcía como un aura rubia sobre las almohadas. Su cuerpo se veía débil y casi sin respiración… era agonizante observar su estómago vacío.

Retuvo en la garganta un lastimero sollozo. Su hijita era tan perfecta como su madre. Los ojitos eran idénticos a los de él, un color de avellana e inocencia pura, su naricita chata y ligeramente respingada; los labios rosas como de cera y su llanto era una melodía seráfica… estaba agradecido por haberla sostenido entre sus brazos, porque le permitieran a la pequeña Beth sentir el calor de su padre, y a él susurrarle a su niña todo lo que la amaba… hasta que dejó de respirar.

Tomó una de las manos de su amada entre las suyas y se la llevó hasta el pecho, el corazón le latía sin ganas, doliente. ¿Cómo le diría a su mujer que habían perdido a la ilusión de sus vidas? Sonaba fatalista, ¿pero cómo hacerlo de otra manera? Beth había sido casi un milagro. Elizabeth no podía embarazarse, ya que los doctores le habían detectado matriz infantil; el miedo y la esperanza habitó en ellos cuando se enteraron que estaba esperando un hijo. Conforme pasaron los meses la fe se volvió más grande; compraron la cuna rosa, la tinita, una mecedora, ropa de niña y todo lo que fueron encontrándose el día que se enteraron que esperaban a una mujercita.

Varías lágrimas tan hirientes como el ácido recorrieron sus mejillas. Tantas veces escuchó los sollozos de Elizabeth después de realizarse la prueba de embarazo y darse cuenta que nuevamente había sido un intento fallido. Su mujer se encerraba en el baño de su habitación y allí se abrazaba a sí misma, reprochándose su “incapacidad de ser una mujer”; flagelándose y llorando por, como ella decía, fallarle a su marido.

Muchas discusiones se habían iniciado por ese tema, bueno, la mayoría. Joseph no le reprochaba nada de eso, la quería a ella, a Elizabeth era a quién él necesitaba para ser un hombre feliz y completo. Mas no podía negar que la falta de hijos le causaba un vacio en el estómago. Deseaba poder apreciar el amor infinito y la unión de almas representada en carne y hueso… pero tampoco podía ver a su esposa de ese modo. Los sentimientos hacia ella jamás cambiarían, le diera un hijo o no. Elizabeth se tenía desprecio, se repudiaba por todo lo que nunca podría ser ni hacer que Joe fuera.

- Mi pequeña Eliza –murmuró acariciando el frío rostro.



Se conocieron durante un verano. Joseph no pudo evitar sentir una enorme fascinación por la pequeña creatura que huía del roce por las olas del mar, para luego perseguirlas soltando una franca risa. Él se hallaba sentado en la arena, protegido por la sombra de una enorme palmera; en su regazo tenía un lienzo y entre los dedos un lápiz.

Era un juego tan inocente y casi inmaduro, que Joseph se reprendió la creciente excitación que su cuerpo experimentó por las ganas de tocar la nacarada piel, sentir las delicadas hebras de oro resbalarse entre sus dedos… por ser el causante de aquella liberal alegría. ¿Cuál sería su nombre? Decía su mente, buscando alguno que pudiese describirla.
Era hermosa como una ninfa y su risa era similar al canto de las sirenas, atrayente y fatal; su cuerpo era Pettitte, frágil pero sin perder la redondez de sus curvas. Sus piernas lucían infinitas y bien torneadas, las caderas anchas y suaves, su cintura ajustada era adornada por un estirado ombligo, sus pechos cremosos y sutilmente redondos, los hombros encuadrados y el largo cuello… solamente cubierta por un delicado bikini blanco con motas azul marino, la parte superior atada con delgados listones por el cuello y espalda, y la inferior con un agarre en moño a cada lado de sus caderas. ¡Oh, Dios! Estaba observando a la musa más hermosa que sus ojos alguna vez hubiesen captado.

La observó dejarse caer sobre la húmeda arena, el agua sólo alcanzaba a acariciar sus pies. Decidió acercarse a ella y pedirle ser inspiración veraniega por unas horas. Dejó su lienzo y lápiz junto a sus otras pertenencias y caminó decidido. Esperaba que no se negara, necesitaba inmortalizarla.
Su corazón se aceleró cuando la pudo mirar más de cerca. Sus ojos estaban cerrados, sus labios carnosos y tersos disimulaban –sin mucho éxito –una placentera sonrisa. Su pecho subía y bajaba aceleradamente, marcando su clavícula y haciendo que su vientre plano se ocultara aun más. Una pierna estaba ligeramente doblada, mientras que la otra se encontraba descansando completamente estirada, ambos brazos, delgados y dorados se extendían abiertos hacia ambos lados de su cuerpo a la altura de su cabeza.
La imagen más erótica y enternecedora alguna vez vista. En ese momento, deseó ser fotógrafo y no dibujante. Aquella joven era digna de admiración por su belleza contradictoria.

- ¿Te importaría moverte? Dejarás marcas en mi piel –la suave voz provenía del ángel sobre la arena.

Joseph rápidamente se movió, caminando hacia el otro lado y dejando el paso libre entre el sol y la delicada piel.

- Disculpa, no fue mi intención –musitó sin dejar de observar los rubios vellitos que resplandecían por la luz.

- Oh, no te preocupes; he sido yo la grosera –se apoyó sobre uno de sus codos, mirando hacia arriba –Discúlpame tu a mi –sonrió.

Su corazón se disparó. ¿Qué otra cosa podía tener esa mujercita para sorprenderlo? Era tan hermosa que dolía.

- Okay, dejémoslo en que es culpa de nadie –no pudo evitar sonreír él también.

- Me parece bien. ¿Te molestaría hacerme compañía? Pareces un buen chico, y realmente no me gusta pasar el día en la playa sola –volvió a recostarse –Me haría bien una buena charla, ¿a ti no? –posó sus brazos tras la rubia cabeza.

- Por mi, encantado –se sentó junto a ella, estirando las piernas y poniendo las manos tras la espalda. No quería recostarse, desde allí arriba podía apreciar la tesitura de su piel.

- ¿Cómo te llamas?

- Joseph, ¿tú? –aprovechó que la chica tenía los ojos cerrados para observar la fina línea de su rostro.

- Tu nombre me gusta, ¿puedo llamarte Joe, o prefieres Joey? –una sonrisa le permitió ver sus dientes blancos.

- Joe está bien –ella asintió casi imperceptiblemente –No me has dicho tu nombre.

- ¡Oh, lo siento! Me llamo Elizabeth.

- Un perfecto nombre –musitó plenamente complacido.

Elizabeth abrió los ojos y cambió de postura. Recostándose sobre su estómago y deteniendo su cuerpo contra sus brazos. Ladeó la cabeza y lo miró curiosamente; sus ojos verdes como las esmeraldas recorrieron su rostro, y una sonrisa coqueta se posó en sus rellenos labios.

- ¿Ah, sí?, ¿por qué?

- ¿Por qué, qué? –cuestionó saliendo del hechizo que había provocado el gesto.

- ¿Por qué mi nombre es un nombre perfecto? –lanzó su cabello para atrás con un casto movimiento, pero Joseph sintió un hormigueo correr por sus venas.

- Porque es considerablemente sumiso. Puedo llamarte por un sinfín de diminutivos –sus ojos se encontraron, y ambos sostuvieron la mirada sin titubear.

- Me encantaría saberlos –pidió levantando una ceja.

- Bueno, esta Beth, Liza, Lizbeth, Lizeth, Liz, Eli –enterró los dedos en la arena, reprimiendo el deseo de tocar su lizo cabello.

- ¡Es verdad! –gimió la chica entusiasmada –Hay muchos que jamás había pensado. ¿Cuál de ellos te gusta más?

- Todos son hermosos, pero… tengo otro que probablemente te quede como anillo al dedo –entrecerró los ojos.

- ¿Cuál? –insistió Elizabeth, acercándose más a él.

- Te lo diré sólo con una condición –captó el brillo en los jóvenes ojos, Elizabeth asintió –Déjame pintarte. Sólo quiero que me permitas capturarte a carboncillo. ¿Aceptas?

- ¿Es enserio? –cuestionó anonadada.

- ¡Claro! Eres hermosa, ¿Por qué no habría de quererlo? –impulsivamente apartó un mechón de cabello que flotaba con el aire.

- Oh, eres muy tierno –un sutil sonrojo se posó en sus mejillas –Me parece algo realmente halagador que quieras hacerme uno de tus cuadros –bajó la mirada, apenada.

- ¿Eso es un sí? –sonrió animado.

- ¡Oh, es mil veces sí! –gritó poniéndose de pie para ayudarle a él.

Al terminar el magnífico cuadro, sin duda el mejor que había hecho hasta entonces, en la parte baja, escrito sobre uno de los delicados muslos escribió: Mi Eliza. De: Joseph M.



Su inspiración. Su musa. Su Eliza. Limpió rápidamente la lágrima que se precipitaba por su rostro. ¿Volvería alguna vez a ver el brillo en sus ojos?, ¿el amor en sus caricias? Joseph sentía que poco a poco él moría, junto a la esperanza de recuperar a su chica veraniega y su anhelo de hacerla feliz.

Perder a Beth había sido devastador para él, el sentir su frágil cuerpo de su hijita… saber el trabajo que le estaba costando respirar… ¿por qué? ¡Oh, Dios, por qué su pequeña!
Recostó la frente sobre las manos unidas de su esposa y él, y lloró. Había sido un mal juego de la vida, tan injusta. Les permitió llenarse de esperanzas, fe y planes para una nueva vida, le había permitido a Elizabeth volver a amarse, volver a sentirse plena y feliz, y a él, lo dejó considerarse el hombre más afortunado del mundo; y el más miserable al ver morir a su pequeño ángel.

Oyó un suave y casi imperceptible quejido, la mano que él sostenía se movió ligeramente. Rápidamente levantó el rostro. Elizabeth había abierto los ojos y lo miraba confundida, su ceño estaba fruncido.

- Hola, cariño mío –musitó él, acariciando su rostro.

Los ojos confundidos de Elizabeth recorrieron el cuarto, como si no comprendiera por qué estaba allí; parecían buscar algo allí, algo que Joe comprendió no había encontrado cuando su melancólica mirada se posó en él. La respiración se le aceleró y el monitor registró el aumento de los latidos.

- ¿Joe? –gimoteó haciendo un puchero.

Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas. Y repentinamente llevó sus manos hacia su estómago. Al notar que no había nada allí, sus extremidades temblaron. A Joseph se le partió el corazón al ver la desolación que las facciones de Elizabeth adquirieron. Comenzó a levantar, con desesperados dedos las sábanas que la cubrían, como queriendo comprobar que el bebé ya no estaba mientras repetía «No, no, no».

- Cielo –susurró Joseph, intentando detener los golpes que ella se hacía al intentar descubrir su cuerpo –Oh, mi amor –aferró sus brazos, evitando que se hiciera daño.

- ¡No! –gritó lastimeramente, para después sumirse en un sollozo largo y sin aire, silencioso.

- Dios, llora todo lo que necesites –clamó al borde de las lágrimas él también –Vamos, chilla, Elizabeth –le reprendió al notar que ella se tragaba los gemidos – ¡Laméntate como yo! –la abrazó contra su pecho, permitiendo que ella escuchara su llanto.

- ¡Oh, Dios, no mi Beth! –aulló entre estremecimientos. El corazón de Joseph dolía, parecía como si poco a poco se fuese desgarrando.

El mundo parecía tan oscuro y cruel. Su esposa estaba sufriendo de una manera desgarradora, ¿por qué su mujer, por qué su hija, por qué él? Elizabeth era lo único valioso que Joseph tenía, y su hija era lo que, por cinco meses, le había dado razones para despertar y decirse que nada podía ser mejor.

¿Soportarían nuevamente la pena de perder a un hijo? ¡Qué desprecio más inmenso sentía por la realidad que lo golpeaba! El verano lleno de risas, caricias, pinturas, besos y miles de sentimientos parecía haber quedado muy atrás en el tiempo. ¿Por qué no todo podía seguir siendo como antes?, ¿es que acaso no merecían una felicidad completa?

- Vete.

Joseph levantó la cabeza. ¿Cuánto había dormido? Le dolía el cuello y los ojos le escocían. Ni cuenta se había dado de haber cabeceado. Su mirada se posaron en el serio rostro de Elizabeth. La palidez parecía ya parte de ella; besó su lánguida mano y se puso de pie, necesitaba estirarse. Al hacerlo, todos los huesos de su cuerpo crujieron, soltó un suspiro.

- ¿Me has oído, Joseph? –casi no reconoció la voz de su mujer. ¿Dónde estaba la dulzura característica?

- ¿Qué has dicho? –preguntó incrédulo.

- Quiero que te vayas –con un gran esfuerzo levantó la temblorosa barbilla.

- ¿Por qué? –la miró ceñudo.

- ¡Porque así lo quiero! –bufó temblando y no pudiendo contener las lágrimas –Suficiente tengo con hacerme infeliz a mí. Verte llorar por mi culpa me mata –rápidamente limpió las gotas con el dorso de la mano.

- No me iré –negó con la cabeza –Es una pena compartida, no tienes por qué echarte la culpa –posó ambas manos en el respaldo de la silla donde estaba sentado anteriormente, buscando apoyo.

- No sabes por lo que estoy pasando, el infierno que vivo –murmuró ahogada por el dolor.

- ¡Claro que lo sé! También perdí a mi hija, Elizabeth. Te juro que sé por lo que estas pasando. Si no fuera porque te tengo, prometo que estaría volviéndome loco o muerto.

- No digas estupideces… -reprochó cortantemente.

- ¿Estupideces? ¡Estupideces! –vociferó al borde de la desesperación -¡Cuales malditas estupideces, Elizabeth! ¿Sabes acaso lo que he tenido que hacer mientras tú estabas dormida? –el recuerdo le devolvió el llanto – ¡Observé a mi hija morir, a mi hija, Elizabeth! No quise que sus primeros y últimos momentos en este mundo fueran dentro de una incubadora. La conocí, era tan hermosa, como tu –sollozó –Dios, era una réplica tuya. Le vi abrir los ojos, fue lo único en lo que se parecía a mí. Pero eras tú –tuvo que sentarse, las piernas no lo sostenían –Fue como si te hubiera perdido junto a mi Beth. Por todos los cielos… me sentí tan impotente, no podía hacer nada por ella, solamente ver cómo Dios la arrebataba de mis brazos –volvió a mirar a su mujer, las lagrimas se precipitaban por sus descoloridas mejillas –Te aseguro, mi vida, que no la dejé un momento sola. No permití que se sintiera desolada un solo momento. La besé por ti y por mí. Le susurré cuanto la amábamos y le supliqué que pronto volviera al cielo –se estremeció y esperó a que la garganta dejase de estrangularlo –Casi no sufrió. Cuando dio su último aliento, comprendí que me había entendido. La cobijé y la llevé hasta la capilla, donde el padre la bendijo y las enfermeras casi tuvieron que sedarme para que se las regresara –recordó ausente –Mañana iré a enterrarla junto a tu madre…

Permanecieron un momento en silencio. Joseph, mientras veía a su hija luchar por respirar, sintió que la vida se le había acortado por lo menos un par de décadas. Pero jamás se arrepentiría de haberle brindado calor cuando lo necesitó. Suspiró y limpió las lágrimas de su rostro.

- Gracias –musitó Elizabeth, tomando la mano de Joseph entre la suya.

- No agradezcas –besó el dorso de la frágil mano.

- Soy una egoísta, Joe. Perdóname –susurró –No sé cómo es que aun quieres estar conmigo a pesar de que supiste, antes de casarnos, que no podía tener hijos. Nunca he podido dudar de tu amor, es más que notorio. ¡Oh, y te juro que también te amo! –acarició la barba descuidada –Y mientras tú quieras permanecer junto a mí, allí estaré yo. Jamás me perderás. Sé que he cambiado, pero es mi miedo a ser yo quien tenga que vivir sin ti. De veras que quiero darte un hijo, amor, pero no puedo –chilló y Joseph la acarició.

- Te quiero a ti por siempre a mi lado. No quiero que sigas atormentándote por eso. Eres la mujer que quiero para toda la vida a mi lado. Podemos adoptar, sé que no es lo mismo, pero no podemos privarnos a ser padres, ¿no crees? –le sonrió a su mujer, intentando reconfortándola.

- Por supuesto –asintió solemnemente –Pero quiero pedirte un favor –susurró pensativa.

- Claro, dime –besó suavemente sus labios resecos.

- ¿Podrías pintar un cuadro de Beth? Quiero saber cómo era, y tenerla… -tragó un nudo en la garganta sonoramente.

- Inmortalizada –susurró él.

- No quiero que la olvides y yo quiero conocerla –musitó.

- En cuanto volvamos a casa, te prometo comenzarlo –aceptó –Ahora descansa, mi Eliza –besó sus parpados –Y no sufras más por Beth. Ella estará siempre velando por nosotros, porque sabe que la amamos –pegó su frente al de su mujer –Te amo, y jamás cambiaría nada de ti.

- Yo te amo también, y tampoco cambiaría absolutamente nada… ni siquiera tu costumbre de dormir con la televisión encendida –comentó adormilada.

Joseph sonrió. Su mujer estaba volviendo a la normalidad ahora que él le había aclarado que jamás la dejaría.

Era su amor de verano, y comprendió que nunca jamás, ni con el pasar del tiempo y las altas y bajas que este trae, sus sentimientos hacia ella cambiarían. Perdieron a su pequeña Beth, no dejarían de luchar, siempre la amarían… pero ellos tenían que seguir adelante y seguir amándose, manteniendo la esperanza.

Fuera del hospital, el aire era fresco. Joseph suspiró y una nube de vaho salió de sus labios, evaporándose en el aire. Levantó la vista hacia el oscuro cielo, y se quedó mirando a una resplandeciente estrella, la más grande de todas. Y cómo un niño que se aferra a una esperanza ilógica, se dijo que esa estrella le pertenecía a su hija, así que cada vez que mirara hacia el cielo allí la encontraría, esperando por él. La estrella flasheó, y él sonrió. Su hija le daba ánimos.



fin


a/n: Lamento haberme desaparecido durante tanto tiempo; pero ya saben lo que sucedió. Aquí está un nuevo one-shot. Bueno, no tan nuevo. Espero que les guste y no olviden dejar un comentario What a Face


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